Ayer amanecí en la Hacienda Soltepec un poco sin saber bien qué pasaba. Después de varios días abriendo los ojos con la sensación de tener tierra adentro y ese malestar que se siente cuando sabes que vas a voltear a ver el Polar® y va decir “sueño insuficiente”, salí del cuarto y el sol brillaba, los pájaros cantaban y no había movimiento ni ruido de carros o gente saliendo con prisa. Sentí por un momento que estaba viviendo la experiencia de la hacienda en un lugar remoto por primera vez a unas horas de tener que entregar el cuarto.

Se siente una nostalgia muy especial cuando culmina un evento así. Recuerdo cuando terminamos el año pasado lo lejano que se veía el 2026. Todavía recuerdo la llamada de María en enero, mientras yo descansaba en un lugar remoto, para decirme sobre las fechas tentativas de este año, incluso ahí se veían lejanas… Hoy se ve lejano el 2027.

Participé en tres Olimpiadas Nacionales como atleta: 2001 – 2003; y he participado en tres más haciendo cobertura mediática: 2024 – 2026; pero al haber presenciado éstas tres últimas, las de mis participaciones pateando gente y no el piso porque se va la luz o el internet ya parecen del pleistoceno en absolutamente todos los aspectos. La reciente edición en Tlaxcala marca un récord bastante amplio en general, como lo hizo Guadalajara el año pasado, aunque bien dicen por ahí que “el récord de hoy es el estándar del mañana”, bajo esa premisa se me antoja darme una vuelta por el mercadito de la hacienda para preguntarle a la bruja local qué nos espera para la próxima si el ritmo se mantiene.

La Olimpiada Nacional es la fiesta deportiva más grande del país, pero en cuanto a taekwondo se refiere esa aseveración cobra un sentido muy especial. No es un secreto que el ambiente comunitario atraviesa por uno de sus momentos más oscuros, desde luego no falta el naco o el desubicado que quiere traer ese conflicto a este escenario y debo darle crédito a la colectividad por no caer en provocaciones o seguir el juego y concentrarse solamente en sus competencias individuales. El rango de edades que compiten en este evento son especiales porque conservan todavía ese fuego que se va apagando con la frialdad que invade a los atletas conforme van creciendo, madurando y se hacen más experimentados, no es queja, simplemente un apunte que me ha parecido curioso desde que me di cuenta (hace no mucho) que eso ocurría.

Podemos hablar de highlights, resultados, medallas, incluso chismes de ocasión, pero creo que lo más destacable para mí fue el desfile de figuras que hizo su aparición en el Pabellón A del IDET durante los días de competencia. Hace un año, las figuras jaliscienses premiaron a los medallistas ahí en Jalisco, desde Uriel Adriano hasta Patricia Mariscal, sin embargo las últimas figuras de Tlaxcala que destacaron en combate fueron los que pelearon en Filipinas contra Samurais en el siglo XVI… ¿Quién iba premiar? Y la respuesta fue un desplante de estrellas de toda índole, tanto en poomsae como en combate…

“Es que si no vengo, la gente no sabe quién soy” Me dijo con una sonrisa la profesora Dolores Knolle, primera niña cinta negra en México, bronce Olímpico en Barcelona ’92 y medallista mundial.

Gente de la época de oro, gente de la época del peto electrónico, nuevas promesas y glorias olvidadas premiaron en Tlaxcala. Si eso no es LA GRAN FIESTA del taekwondo mexicano, entonces no sé qué es… Y nada más por eso hubiera valido la pena estar en el evento. Si fueran estampas del álbum Panini, ahí se hubieran conseguido todas las difíciles. Pero la razón por la que esto fue posible, no es algo difícil de entender, no es física cuántica, tiene nombre y apellido: María Espinoza. No hay NADIE, pero NADIE que haya logrado juntar a tantas estrellas debajo de un mismo techo y, para esto no necesito a la bruja, no hay NADIE que lo vaya a lograr. Gracias, María.

Quizá muchos de los que compitieron no se alcanzan a dar cuenta de lo que esto significa, pero eventualmente lo harán y el haber estado ahí, competir, incluso convivir, es algo que nadie les va quitar. Quizá algún día, a alguno de ustedes, le toque premiar en una Olimpiada Nacional, quizá algún día…

Les dije en el editorial anterior que terminando les decía qué lugar de espectacularidad ocupaba esta Olimpiada, pero me voy a lavar las manos porque durante la cena de despedida le pidieron al ingeniero Roberto Beltrán Ramonetti que nos dirigiera unas palabras al equipo:

“Seré breve: es la mejor Olimpiada Nacional de la historia”

Así que no lo dije yo.

Hoy fue diferente, es lunes, estoy de nuevo en casa, como casi todos los que estuvimos en Apizaco los últimos días y hay que volver a adaptarse al ritmo normal de la vida. Pero voy a cerrar con una frase que dije en el 2016 y que poco imaginé que repetiría 10 años después y en otro contexto:

“Que digan que viví en los tiempos de María”

Chava P.

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